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Opinión-Columnistas

Javier León Herrera

Javier León Herrera

Escritor y periodista español con dilatada experiencia deportiva en prensa, radio y TV, egresado de la Universidad Complute.

Leyendas

26 Mayo 14

 
Bajó el telón; se echó el cerrojo a la Liga, la Europa League y la Champions. Por esta campaña, a nivel de clubes, no va más en suelo hispano excepto en las categorías inferiores, donde se deciden ascensos como el del histórico Alba, el mejor embajador de La Mancha después de Don Quijote, al que aprovecho para felicitar y hacer un hueco entre tanta leyenda. Un Albacete cuyo destino se cruzó con el gran protagonista de la inolvidable temporada 2013-14 provocando un punto de inflexión. En diciembre de 2011 forzó, tras apear al Atlético de la Copa del Rey, el anunciado cese de Manzano y la llegada del Cholo al banquillo rojiblanco.
 
El final de la temporada ha sido tal como se esperaba, apasionante, histórico, trepidante y pródigo en agrandar historias legendarias del fútbol español, que a falta de ver lo que hace La Roja en Brasil, ha revalorizado su liderazgo y caché internacional merced al enorme ejercicio de los dos equipos de Madrid y al gran desempeño europeo del Sevilla. Todavía tendremos ñapa con estos tres equipos en el comienzo de la temporada venidera: Real y Atlético revivirán la impresionante final de Lisboa en la Supercopa de España, mientras que los campeones de Europa se disputarán con los andaluces la de Europa.
 
La primera leyenda agigantada es la del Real Madrid, dueño y señor del palmarés europeo con 10 copas. La anhelada décima madridista pasaba por Lisboa y por la suerte de los campeones. ¡Qué partido! Sonrisas y lágrimas de ida y vuelta de una hinchada a la otra en décimas de segundo. Va a ser difícil olvidar ese derbi inmenso, colosal, más propio de un guión de Hollywood que de una simple competición de fútbol. Platini debería haber alterado el desenlace. La UEFA no tendría que haber permitido esa prórroga. Cuando marcó Ramos y llegó el final de los 90 minutos reglamentarios, hubiera avisado a un herrero y hubiera partido el trofeo en dos, Champions ex aequo. 
 
El Madrid con nueve y media, el Atleti con media. Pero no se pudo. El equipo de Simeone, sin gasolina, entregó la cuchara en la segunda mitad del alargue y agrandó otro tipo de leyenda muy a su pesar. ¡Qué manera de palmar!, cantaba Joaquín Sabina. Cruel si se quiere, inmerecida, pero como dice un castizo refrán, hasta el rabo todo es toro. La queja de Simeone a Kuipers no tenía sentido. Fue el derecho al pataleo de quien se sabía inferior camino de la prolongación. 
 
Afloró la leyenda del infortunio para arrebatarle una gloria que acariciaban con la yema de los dedos, un mal fario que le contagió el anfitrión lisboeta. El aura rojiblanca del Benfica y su maldición de Guttmann pasaron su mal rollo evocando la desgracia de Schwarzenbeck, aquel nombre impronunciable del jugador del Bayern que echó por tierra el gol de Luis Aragonés en 1974. Aquel alargue fue de 90 minutos y le costó la Copa y cuatro goles; este de 2014, apenas de media hora, tuvo el mismo precio y el ‘4’ en el casillero rival volvió a aparecer. Ahora será más fácil recordar la maldición atlética con la Copa de Europa cuando se pronuncie el nombre de Sergio Ramos. No se entiende de otra manera. La derrota del Atlético de Madrid fue sobrenatural. Hasta el empate, el Atlético era el campeón, justo, soberbio, sin fisuras, capaz de hacer todo bien, de desactivar con su juego la superioridad técnica y de recursos de su oponente, al que por momentos abrumó. El Madrid jamás dio con la fórmula futbolística pero atinó con la heroica, con ese gen especial que Bernabéu le acuñó en el lomo. La inercia histórica cambió el destino. 
 
Solo un ‘pero’ a la gesta merengue. No voy a reproducir aquí los epítetos, soeces muchos ellos, que las redes sociales han dedicado a CR7, algunos de ellos de madridistas confesos, avergonzados, que sin duda tienen más valor. El show del portugués, cuya final fue gris tirando a negra, tras marcar un intrascendente penalti en el último minuto con todo resuelto, se descalifica por sí solo. Podrá ser muy bueno, muy fuerte, muy portentoso, muy rico, muy famoso y muy goleador; podrá ser grande, pero no magnánimo; podrá ganar títulos, pero no podrá ganar a la gente; podrá vencer, pero jamas podrá convencer. Ronaldo también agrandó su lamentable leyenda egocéntrica con un alarde patético propio de un narciso mal ganador e irrespetuoso hacia un más que digno rival.
 
El amargo trago final no debe sin embargo empañar lo más mínimo la enorme temporada de un grupo que ha despertado la admiración mundial. Si hay un equipo del año, este no es otro que el Atlético de Madrid. Enhorabuena por lo que han dado al fútbol y a la vida, por mostrar valores, por abonarse a la épica de la fe, del partido a partido, del conjunto por encima de la individualidad. En esta ocasión David no pudo con Goliath, pero igual se ganó el reino de los cielos. Un cabezazo en el descuento lo tumbó, cosa que no pudieron hacer el vecino rico blanco ni el gigante azulgrana en un torneo a 38 fechas. Tercer año seguido con títulos en Neptuno, el mejor legado del que probablemente sea el mejor Atlético de todos los tiempos, al menos de los tiempos a los que uno le alcanza la memoria y la conciencia. Querían rendir un gran homenaje a Luis, y lo han hecho. Ganaron, ganaron y si no pudieron volver a ganar, al menos se han ganado el corazón de millones de gentes de los cinco continentes.
 
Bajó el telón ibérico pero ya mismo se alza el brasileño. Otro mes para que las ilusiones vayan derivando en sonrisas y lágrimas según la pelota quiera o no entrar. Mi único deseo es que, al margen de quien gane el Mundial, podamos vivir algo parecido a la pasión del final de la Champions y la Liga BBVA, la misma a la que otro narciso e ínclito portugués calificara, no mucho tiempo ha, de ser la más aburrida del mundo. Otro que tal.
 

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